sábado 11 de julio de 2009

¿Hacia donde vamos?: Una reflexión sobre el impacto de la actividad humana sobre la tierra.



Juliana Marín M*

Un cambio de paradigma sobre la existencia del ser humano en el planeta, podría acercarnos más hacia el auténtico equilibrio que existe entre cualquier organismo vivo con su medio. Son indiscutibles los efectos que ha tendido la especie humana sobre la tierra, especialmente después de la Revolución Industrial (s. XIX), época en donde se inició aceleradamente la actividad industrial y donde se expandió notablemente la agricultura.

Sin embargo, dos siglos de crecimiento industrial indiscriminado no representa ni la octava parte del tiempo de vida que lleva el planeta tierra. Se asume que la tierra existe hace 4,500 millones de años, y tan sólo hace 1,5 millones de años apareció el homo sapiens. En un millón de años evolucionamos de seres primitivos organizados en comunidades nómadas, a seres post-modernos organizados en sociedades fundamentadas por la actividad agrícola, ganadera e industrial en ejercicio de economías sustentadas a partir de energías fósiles.

Según Carl Sagan si resumimos la historia de la existencia del universo en un año calendario, la aparición del género Homo correspondería a la última hora y media del 31 de diciembre.

En esta proporción de tiempo tan pequeña, el modelo de desarrollo creado por el hombre ha contribuido con la degradación del planeta en cifras inimaginables. Se podría afirmar que 4,500 millones de años de evolución son tirados a la basura cada vez que atentamos contra la vida.

Vale la pena mencionar que los bosques naturales se han reducido entre un 20% y 50% de su extensión original, que en los últimos cincuenta años la degradación del suelo ha afectado cerca del 66% del total de las tierras agrícolas del planeta y que anualmente se pierden 25 mil millones de toneladas de suelo fértil en el mundo.

La biodiversidad marina que es también importante al representar una fuente de alimentos para las personas, se ha visto afectada por la sobreexplotación de sus ecosistemas. Cerca del 70% de los bancos de especies de peces comerciales se encuentran sobreexplotadas y la mitad de lo humedales del mundo han desaparecido en el último siglo.

Si bien es cierto el paisaje natural siempre tiende al cambio, pero estos cambios tienden a vulnerarse por el impacto de la actividad humana que se ejerce diariamente sobre el planeta y que cada día es más nociva y tóxica.

La explosión demográfica es la principales causa que contribuye a la presión humana que se ejerce sobre el medio natural. Ciudades como Tokyo, Nueva Delhi, Ciudad de México, Sao Paulo y Yakarta son una muestra de la concentración desmesurada de gente que existe hoy día.

La tasa de crecimiento demográfico sobrepasó la tasa de reconversión del medio ambiente, la población continúa creciendo pero el planeta continúa del mismo tamaño. Según la UNESCO en su Programa Mundial de Evaluación de los Recursos Hídricos, el tamaño promedio de las 100 ciudades más grandes del mundo aumentó de 0.2 millones en 1880 a 0.7 millones en 1990 y a 6.2 millones en el año 2000. Además se registra que en la actualidad la mitad de la población mundial vive en ciudades, mientras que en 1900 menos del 15% vivía en dichas áreas. Lo que significa que la población no se encuentra distribuida equilibradamente, concentrando el 90% crecimiento demográfico en los países en vía de desarrollo.

Ante esta situación de crecimiento acelerado de la población es lógico que los RRNN ya no sean suficientes para suplir las necesidades demandadas por cerca de las 6,000 millones de humanos que habitamos este planeta.

Las externalidades de este desequilibrio natural crónico que adolece la naturaleza se ven reflejadas en los niveles alarmantes de pobreza a nivel mundial que van en aumento conforme aumenta la población; en la aparición de guettos o favelas en megapolis, que son concentraciones de gente segregada y excluida de los salvajes procesos de enriquecimiento, crecimiento y desarrollo innatos dentro del capitalismo. Al respecto vale la pena agregar que en el 2000, más de 900 millones de habitantes de zonas urbanas vivían en barrios marginales según la UNESCO; y más específicamente en la imposibilidad de los gobiernos de cumplir sus propias metas o acuerdos, como son los Objetivos del Milenio o el Protocolo de Kioto.

En este mundo, donde las maquinas han reemplazado la mano de obra, donde los árboles y selvas han sido gradualmente reemplazadas por monocultivos de toda índole, donde los alimentos son convertidos en combustible, donde la naturaleza ha sido entendida como otro recurso más para ser explotado y consumido; emergen realidades que muestra la degeneración que ha alcanzado el ser humano como especie. Degeneración resultante de la ignorancia del modelo de desarrollo implantado, basado en el homocentrismo de una sociedad que no reconoce otra tipo de vida. En últimas una sociedad jalonada por el consumo masivo y excesivo de una sociedad cada vez menos pensante y en decadencia.

Somos una sociedad en decadencia en la medida que no estamos asegurando nuestro futuro al estar atentando constantemente contra nuestro hábitat. En el mundo de hoy el mañana no existe, una promesa futura no tiene valor. Y eso no lo demostró el “desarrollo sostenible”. Hablo de desarrollo sostenible porque dentro de este concepto se proyectó el desarrollo como un proceso dirigido al alcanzar el beneficio de una generación futura. El modelo que se planteó en 1972 durante la Comisión Bruntland fracasó, porque no logró convencer a nuestros gobernantes que crecer y mejorar en torno al bienestar colectivo, prolongaría nuestra existencia como especie y aseguraría un futuro común.

Hoy surgen nuevos desafíos sobre el tipo de planeta que queremos tener. El escenario más promisorio es apostarle a un modelo de vida sustentado a partir de los biocombustibles. Pero como quien no conoce su historia se ve obligada a repetirla, los gobiernos se encaminan por segunda vez a tener como base del desarrollo una fuente energética renovable. La primera vez fue con el petróleo, ahora se inaugura una nueva etapa donde se ve a biocombustibles como la panacea energética y ambiental.

Ante esta realidad la mayor implicación será el aceleramiento de la tasa de conversión del suelo de bosque, sabana o cualquier ecosistema a tierra cultivable. Por un lado para suplir las demandas energéticas y por otro para adecuar la oferta de alimentos a una población que no cesa de crecer. En poco tiempo el la faz de planeta será teñida por cultivos agroindustriales, sin ríos, ni lagunas, ni lagos, ni árboles, ni fauna, ni flora. Nuestra biodiversidad será reducida a soja, maíz, eucalipto, palma de cera, pino, vacas y uno que otra especie también cultivable.

Sin duda el costo ambiental y social será muy alto. Ambiental porque los impactos del cambio climático se acentuarán y se agudizarán, porque la biodiversidad se encaminaría en una acelerada carrera hacia la extinción (incluyendo el ser humano), y porque los suelos perderían su fertilidad y sus propiedades para retener agua.

La temperatura del planeta que se regula naturalmente por medio de los bosques a través del secuestro de carbono y la emisión de oxigeno, dejará de ser regulada porque ya no habrán más bosques para hacerlo.

Actualmente la deforestación de bosque natural se respalda por proyectos que prometen reforestar. En este sentido, habría que preguntarse si las especies con que se reforesta reemplazan las propiedades ambientales de las especies nativas. Generalmente estos proyectos forestales inducen al cultivo de especies madereras como el pino o el eucalipto, que si bien siguen siendo bosques no pueden cumplir con las mismas funciones biológicas de un ecosistema natural, al ser un monocultivo. Además este tipo de especies no siempre responden al hábitat de donde se cultivan, trayendo grandes afecciones a la fertilidad y las condiciones de humedad e irrigación de los suelos y generando una desertificación a largo plazo.

Se estima que América Latina cuenta con 12,5 millones de hectáreas de bosques cultivados, en donde Argentina, Brasil, Chile y Uruguay concentran el 78% de bosques plantados de la región. La pregunta es ¿Qué existía antes de los bosques cultivados?

Brasil miembro originario del MERCOSUR es uno de los países que contribuye más hacia la destrucción del bosque nativo a causa del aumento de sus cultivos de soja, en especial en el estado de Mato Grosso que es donde se registra la mayor pérdida de bosque nativo. Según la National Geographic Society “el año pasado se dañaron más de 3.5 millones de hectáreas” , y en general la región ha perdido alrededor de 64 millones de hectáreas entre 1990 y el 2005, según afirma el informe de la FAO sobres bosques “Situación de los Bosques del Mundo 2009”.

Pero en tiempos de crisis, se abren las puertas para un cambio de paradigma. En este siglo y desde finales del pasado se han venido forjando nuevos pensamientos que demuestran reflexiones que se han hecho con respecto al entorno. Los países que antes contaminaron el planeta ahora traen muestras de modelos de vida sostenibles a través del uso de energías renovables, menos contaminantes. Se erige a pesar de todas las adversidades el deseo de cuidar y rescatar la naturaleza, y a pesar de que esta iluminación apareció bastante tarde aún sirve para corregir la mala conducta que los seres humanos han teñido sobre a la tierra.

Este cambio de paradigma propone seguir pensando en eficiencia, pero en materia social y ambiental. Donde recobrar la salud del planeta sea el pilar de las agendas de los países, y nuestros esfuerzos estén orientados a restablecer los daños causados.

Se empieza a pensar en agroecología, en techos vivos, en diseño y arquitectura ecológica, huertos orgánicos y granjas autosuficientes. Existen indicadores que nos permiten saber cual es la huella ecológica que dejan tanto los países como las personas como resultado de su actividad. Ya hay algunos países que avanzan en el desarrollo de tecnologías sobre como obtener energía a partir del hidrogeno o de fusión nuclear, esta última considerada como la alternativa más limpia de todas según James Lovelock padre de la teoría Gaia.

Sin duda existe una mayor conciencia por parte de la sociedad civil, pero desgraciadamente no es el caso de los gobernantes o de aquellos actores responsables de intervenir en el proceso de toma de decisiones. El cambio radica en cambiar los intereses y plantear un nuevo mundo donde una vida humana sea más importante que un automóvil, y donde el respeto hacia el lugar donde vivimos sea el principio fundamental en nuestra manera de vivir y de gobernar el mundo.

*Licenciada en Gobierno y Relaciones Internacionales. Universidad Externado de Colombia. Directora de Relaciones Internacionales de la Asociación Amigos de los Parques Nacionales –AAPN--

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Que buena nota. Felicitaciones por la calidad del texto.

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